Parroquia

Nuestra Señora de los Ángeles

Serra, Valencia

"Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio"
San Pablo (1 Tim. 1, 12)

Homilías

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Solemnidad de la Natividad del Señor (Misa de Medianoche)

"No temáis: os traigo una gran noticia, una gran alegría para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor" (Lc 2, 10-11). Éste es el mensaje central de esta noche, la gran noticia que inunda nuestro corazón de creyentes; es la incomprensible noticia que recibieron aquellos pastores; es la maravilla que vivieron con especial amor y respeto María y José; y es la noticia que recibimos todos y cada uno de los que con fe nos hemos preparado para la venida del Salvador.

Aquellos pastores se postraron ante el Niño, ante el Hijo de Dios, y lo adoraron. María y José contemplaron aquella preciosa escena llenos de admiración, cariño y de profunda fe. Nosotros queremos postrarnos ente el Hijo de Dios; nos unimos a la admiración, el cariño y la fe de José y Maria; y experimentamos la misma alegría de los pastores y de san José y su santísima esposa por el nacimiento del Salvador.

El acontecimiento, por así decir, también nos deja a nosotros "embelesados’" o "estupefactos" porque somos testigos de aquel instante de amor que une para siempre lo eterno a la Historia. Ante el Verbo encarnado ponemos nuestras alegrías y temores, nuestras decepciones y esperanzas, porque sólo en Cristo - que se hace uno como nosotros para que nosotros lleguemos a ser hijos de Dios-  encuentra la verdadera luz el misterio del ser humano.

En Belén "ha parecido la gracia de Dios portadora de la salvación para todos los hombres" (Tit 2, 11), nos dice el apóstol San Pablo; por eso, en la Noche de Navidad resuenan en todos los rincones de la Tierra cantos de alegría: nuestra salvación ya no es una promesa, es una realidad presente entre nosotros que se ofrece a todos.

Esta noche, ante nuestros ojos, se realiza lo que el Evangelio proclama: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida" (Jn 3, 16). Después de dos mil años, vivimos de nuevo este Misterio como un acontecimiento único e irrepetible. En efecto, tanto nos amó Dios a cada uno de nosotros que nos dio a su Hijo para que - por Él-  todos y cada uno de nosotros lleguemos a ser Hijos de Dios; sí, el Hijo de Dios se hizo hombre para hacer al hombre partícipe de la naturaleza divina.

Nosotros, que creemos en Él, que queremos abrir nuestro corazón al gran regalo que nos trae de hacernos sus hijos, queremos vivir este acontecimiento, comprometiéndonos a ser consecuentes con lo que significa ser verdaderos hijos de Dios, vivir el estilo de vida que el Hijo de Dios nos comunica con su presencia y su Palabra.

Sí, hermanos y amigos, los que reconocemos la presencia del Verbo encarnado como uno de nosotros - en medio de un mundo seducido y embaucado por las llamadas del materialismo, del relativismo y el laicismo-  queremos comprometernos a ser verdaderos portadores y transmisores del mensaje que Él nos trae, para que todos se encuentren con Él, le sigan y se conviertan a su amor. Porque, hermanos, la gran misión de todo creyente, en este siglo XXI, es la Nueva Evangelización, la de "contagiar" esperanza, ilusión, sentido… al hombre desesperanzado y desilusionado, al hombre carente de sentido en su existencia. Y esa verdad, única, imperecedera, eterna… sólo es Dios.

El reconocimiento de la presencia del Hijo de Dios hecho Niño nos lleva, de manera espontánea, a adorarlo como a quien es: el Hijo de Dios que nos trae la salvación. Así mismo, nos lleva a agradecerle tanta generosidad y desprendimiento pues no ha vacilado - siendo Dios-  a hacerse uno como nosotros - en todo, excepto en el pecado-  para ofrecernos a todos la salvación.

Su Encarnación nos hace recibirle y saludarle con el corazón y - desde lo más profundo de nuestro ser-  decirle:

- ¡Tú eres, Cristo, el Hijo del Dios vivo! Hijo de Dios, que viniste al mundo para vencer a la muerte, que viniste para iluminar la vida humana mediante el Evangelio: Tú eres nuestra esperanza; sólo Tú tienes Palabras de Vida eterna. Señor, Tú, que viniste al mundo en la Noche santa de la Navidad, quédate con nosotros y abre nuestro corazón para recibirte a ti y a tu mensaje; que él cambie nuestra vida llena de materialismo y de pecado. ¡Quédate, Señor, Niño Dios, con nosotros y transforma nuestro corazón para recibirte como la verdadera y auténtica salvación!

- Tú, que eres el Camino, la Verdad y la Vida, guíanos por el camino que nos lleva a la salvación que Tú, Salvador del mundo y de los hombres, nos ofreces. Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, ¡sé para nosotros la Puerta, la verdadera Puerta que da acceso a la gloria del Padre y haz que nadie quede excluido de su abrazo de misericordia y de paz!

"En la ciudad de Belén os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor". Adoremos a nuestro Salvador y digamos con nuestras vidas a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que el Señor está entre nosotros, y que sólo Él puede saciar todos nuestros anhelos.

Recibamos a nuestro Salvador y dejemos que ocupe el puesto primero en nuestra vida, siendo de verdad discípulos suyos; comuniquemos, hermanos, el gozo de su presencia a los demás, siendo de verdad auténticos apóstoles y misioneros, portadores de su mensaje de paz y amor.

¡Feliz y Santa Navidad a todos vosotros y vuestras familias!

Sed portadores de esta Buena Nueva a todos cuantos estos días, y siempre, encontréis en vuestra vida.

Que así sea.

  • primera lectura: Lectura del libro de Isaias 9, 1-3.5-6

     El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaban tierras de sombra, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repetirse el botín. Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre, serán combustible, pasto del fuego. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madían. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre Perpetuo, Príncipe de la Paz. Para dilatar el principado con una paz sin limites, sobre el Trono de David y sobre su Reino. Para sostenerlo y consolarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y para siempre. El celo del Señor lo realizará.

    Palabra de Dios

  • salmo responsorial: Salmo 95

     R.- HOY NOS HA NACIDO UN SALVADOR: EL MESÍAS, EL SEÑOR

     

    Cantad al Señor un cántico nuevo,

    cantad al Señor, toda la tierra;

    cantad al Señor, bendecid su nombre. R.-

     

    Proclamad día tras día su victoria,

    contad a los pueblos su gloria,

    sus maravillas a todas las naciones R.-

     

    Alégrese el cielo, goce la tierra,

    retumbe el mar y cuanto lo llena;

    vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,

    aclamen los árboles del bosque. R.-

     

    Delante del Señor que ya llega,

    ya llega a regir la tierra.

    El juzgará el orbe con justicia

    y a los pueblos con su verdad. R.-

  • segunda lectura: Lectura de la carta del Apostol San Pablo a Tito 2, 11 - 14

     Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo. El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

    Palabra de Dios

  • evangelio: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 2, 1 - 14

     En aquel tiempo salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.

    Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo:

    --No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

    De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:

    --Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.

    Palabra del Señor

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