Parroquia

Nuestra Señora de los Ángeles

Serra, Valencia

"Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio"
San Pablo (1 Tim. 1, 12)

Homilías

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Homilia Misa de Medianoche

Nada, ni nadie, puede ocultar o acallar el mensaje de esta Noche Santa: Dios ha venido al mundo. Dios se ha dignado a tomar nuestra condición humana hasta lo más pobre para dar sentido a nuestra historia.

Una madre, muy dedicada a su familia, sufría mucho por la actitud irreverente de su hijo adolescente, por sus salidas nocturnas, por su excesivo consumo de alcohol, por su modo de contestar y su violencia.

Esta buena mujer, desesperada, lo increpó y le dijo:

- "Hijo, ¿qué te pasa? Tienes todo: una familia, amigos, vas a un buen colegio, entrarás en la universidad, te hemos pagado viajes, te hemos comprado un buen ordenador. Te queremos, tienes dinero para divertirte… Hijo, ¿qué te pasa?, dime, ¿qué te pasa?"

El joven, avergonzado y cubriéndose la cabeza con las manos, llorando le decía:

- "Mamá, no le encuentro sentido a la vida. Me siento absolutamente vacío, he perdido toda esperanza. Mamá, no tengo ganas de vivir, la vida no tiene sentido alguno para mí."

Es duro decirlo, pero son muchos los jóvenes que hoy se sienten así. Cabe preguntarse ¿cómo no iba a sentirse vacío y encontrar su vida sin sentido si desde pequeño le dijeron que tenía que competir, que tenía que ser el mejor?

¿Cómo, si desde pequeño lo lanzaron en la frenética, y a veces esquizofrénica, carrera de puntos y notas y, ni siquiera le preguntaron qué quería hacer ni cómo se sentía como persona, como joven?

¿Cómo no iba a sentirse solo y vacío y descubrir su vida carente de sentido si le dijeron que hiciera lo que quisiera, como quisiera y cuando quisiera con tal de que no diera problemas y se protegiera?

Hermanos y hermanas he aquí el drama del siglo XXI del que como creyentes hemos de hacernos cargo; sí, hacernos cargo.

Las respuestas no se han hecho esperar. He aquí el drama de nuestra civilización: ha perdido el norte, ha convertido en fines los medios y los medios en fines, ya no distingue con claridad el bien del mal, y el mal del bien. Ha dejado de lado lo realmente importante para centrarse en lo urgente, el lo inmediato, en lo banal.

La razón última de este sin sentido y las respuestas que se han dado que, por cierto han fracasado, es que se ha pretendido construir un mundo al margen de Dios.

Sí, y al prescindir de Dios nos hemos quedado con las cosas como valor absoluto. Nos hemos quedado con las apariencias y no con la realidad. Nos hemos quedado con el foco que encandila, con la fiesta que embriaga y hemos desechado la luz que ilumina, la conversación que hace crecer. Hemos preferido el ruido y no la música. Nos hemos quedado con la velocidad y la potencia de nuestro vehículo, pero hemos olvidado el rumbo. Hemos querido sacar a Dios de la vida, de la política, de las grandes decisiones y andamos perdidos y desorientados.

Quisimos construir un mundo al margen de Dios y así, amputamos al hombre, a la mujer y a la familia de una dimensión fundamental de su existencia, de su trascendencia y de su dignidad inestimable, para reducirla a la categoría de mero material biológico, de consumo o de productor.

Sí, es aquí donde está el corazón del drama de este joven y de muchos, y de muchas personas, del drama de nuestro país, del drama de la humanidad: la crisis de valores. Una crisis de mayor dimensión que la económica que actualmente estamos sufriendo.

Este joven, nuestros jóvenes y muchos de nosotros hemos acortado la visión de nuestra propia vida y la del mundo porque nadie nos dice realmente quienes somos: hijos de Dios creados a su imagen y semejanza. Hemos querido construir un mundo al margen de Dios, lo hemos retirado de la esfera pública y de nuestras vidas y hemos terminando destruyéndonos a nosotros mismos.

Sí, una sociedad sin Dios se ha vuelto en contra de nosotros mismos y hemos respondido poniendo rejas, cerraduras de seguridad y cámaras de vigilancia en nuestras casas, "asegurando" todo cuanto tenemos, desconfiando los unos de los otros. Hemos querido construir un mundo al margen de Dios y hemos terminado encerrados, con miedo, defendiéndonos.

El miedo nos ha paralizado. Este mundo clama, gime, pide Salvación.

Algunos han puesto la confianza en la ciencia. Sin negar su altísimo valor —que la Iglesia también reconoce—, es evidente que no alcanzará nunca a dar por sí misma razón del sentido de nuestra vida. Otros ponen su confianza en el bienestar económico, en el tener y poseer, hacer grandes negocios para acaudalar más y más dinero, porque.. "tanto tienes, tanto vales". El mejor coche, la casa más lujosa, el mejor abrigo, la ropa más cara… Todo presencia, apariencia. Estos bienes que atesoramos podrán entretenernos o ayudarnos en un momento determinado, pero no salvarnos. Esa es la verdad, y lo sabemos.

Necesitamos salvación, aquella que no podemos darnos a nosotros mismos. Y eso es lo que celebramos hoy. Celebramos la palabra definitiva que Dios tenía que decirle al mundo para que vuelva la auténtica paz, la verdadera alegría, y la esperanza cierta.

Sí, aquí en el pesebre, está la respuesta de amor que Dios nos hace llegar. Sí, y no se trata de una idea, ni de un conjunto de normas, se trata de Dios mismo, Jesucristo que se encarna y se hace presente en la historia y la renueva de sentido, de posibilidad de un futuro mejor y de esperanza, pero, sobre todo, de amor.

Él nos ilumina el camino para que vivamos conforme a nuestra dignidad. Él se nos presenta como la verdad y la vida y nos dice con claridad que estamos en este mundo por Él, por quién todo fue hecho.

Él nos recuerda que es nuestra meta, nuestra razón de ser.

Este Niño, envuelto en pañales y acostado sobre heno, nos recuerda que todo lo humano, el trabajo, la familia, la juventud, los problemas, todo, ha quedado traspasado por su divinidad, por la divinidad de Jesús, y por lo tanto nos invita a mirar con otros ojos, con los ojos de la misericordia, del perdón, de la sinceridad y del don todo cuanto acontece. Mirándolo a Él aparece nuestra vida como una gran posibilidad para dar, para darse, y para comprendernos como hermanos e hijos de un mismo Dios y Padre.

Contemplemos el misterio de la Encarnación y digámosle al Señor desde el fondo de nuestro corazón: gracias Señor por esta noche. Gracias por tu presencia que nos recuerda que Dios nos ama y nos protege. Hoy, Señor, tu presencia exultante nos afianza en la confianza de que no estamos solos, que Tú nos acompañas.

  • primera lectura: Isaias 9, 1-3.5-6

    El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaban tierras de sombra, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repetirse el botín. Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre, serán combustible, pasto del fuego. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madían. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre Perpetuo, Príncipe de la Paz. Para dilatar el principado con una paz sin limites, sobre el Trono de David y sobre su Reino. Para sostenerlo y consolarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y para siempre. El celo del Señor lo realizará.

    Palabra de Dios

  • salmo responsorial: Salmo 95

    R.- HOY NOS HA NACIDO UN SALVADOR: EL MESÍAS, EL SEÑOR

     

    Cantad al Señor un cántico nuevo,

    cantad al Señor, toda la tierra;

    cantad al Señor, bendecid su nombre. R.-

     

    Proclamad día tras día su victoria,

    contad a los pueblos su gloria,

    sus maravillas a todas las naciones R.-

     

    Alégrese el cielo, goce la tierra,

    retumbe el mar y cuanto lo llena;

    vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,

    aclamen los árboles del bosque. R.-

     

    Delante del Señor que ya llega,

    ya llega a regir la tierra.

    El juzgará el orbe con justicia

    y a los pueblos con su verdad. R.-

  • segunda lectura: Carta del Apóstol San Pablo a Tito 2, 11 - 14

    Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo. El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

    Palabra de Dios

  • evangelio: Lucas 2, 1 - 14

    En aquel tiempo salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.

    Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo:

    --No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

    De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:

    --Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.

    Palabra del Señor

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