Parroquia

Nuestra Señora de los Ángeles

Serra, Valencia

Al principio creó Dios el cielo y la tierra
(Génesis 1,1)

Homilías

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Homilia Domingo I de Adviento

Comenzamos con este domingo el tiempo de Adviento, tiempo para prepararnos a recibir a Jesucristo, que viene a nuestra vida. Este tiempo sirve de preparación para recordar la primera venida, el nacimiento de Jesús en Belén; pero también sirve para prepararnos para su segunda y definitiva venida al final de los tiempos. Entre una venida y otra el Señor nos ha concedido la vida y, con la vida, el tiempo para preparar nuestro encuentro con Jesús.

En la oración colecta que hemos escuchado al inicio de la misa se dice: "Al comenzar el Adviento, aviva, Señor, en tus fieles, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras". Esta podría ser la finalidad de este tiempo: prepararnos para salir al encuentro de Cristo, sabiendo que el encuentro se dará si se crean personalmente y socialmente algunas disposiciones.

¿Qué queremos decir con salir al encuentro de Cristo? Crear unas actitudes y unas obras que nos abran a la presencia de Cristo, a recibirlo en nuestra vida. Cuando dos personas están reñidas, solemos decir que tienen una posición encontrada o que están enfrentadas. Aquí "encontrarse" o "situarse frente a" tiene un valor positivo; quieren expresar, no una cercanía física, sino una sintonía espiritual. Por eso hemos de ser conscientes que determinados modos de vivir nos indisponen para encontrarnos con Cristo; los mismos modos de vivir que nos hacen distanciarnos de los demás.

¿Qué disposición hemos de tener para encontrarnos con Cristo? El adviento nos va a señalar que la mejor disposición es la conversión.

Hoy las lecturas nos dicen tres actitudes: el amor, la esperanza y la vigilancia: estar despiertos.

Dice la segunda lectura: "Que el Señor os haga rebosar de amor mutuo... para que os presentéis irreprochables ante Jesús". El amor es una dimensión fundamental para encontrarnos con Jesús. La persona que es egoísta se sitúa como el centro de todo y se relaciona con las personas como si fuesen objetos, no como otras personas, con sus propias iniciativas, sino como meros instrumentos para conseguir lo que uno se propone. Así nunca podrá tener un encuentro personal porque no reconoce a los demás como personas, como iguales. Si no se puede encontrar con los demás, tampoco con Jesús. En su con Jesús tenderá a reproducir sus "relaciones personales" o su instrumentalización de los demás. Sin embargo, la persona que ama está percibiendo al otro como una persona distinta de uno mismo y distinta de los demás objetos, la está reconociendo como un igual con el que se puede relacionar de tú a tú. Sólo se puede encontrar uno personalmente con una persona a la que se ama, sin amor no hay encuentro personal.

Otra disposición que hay que crear, en la que inciden las lecturas de este domingo, es la esperanza, que es la actitud de quien se fía de Dios y, en consecuencia, espera que venga  a salvarlo. Sin esperanza no puede haber encuentro personal, porque sólo me puedo encontrar con quien tengo confianza, con quien espero que me pueda aportar solución a mis problemas. La desconfianza me distancia de los demás, me impide esperar en ellos. Esta idea de la esperanza aparece, indirectamente en la primera lectura y el Evangelio. En la primera lectura, el profeta le dice al pueblo de Israel que Dios cumple sus promesas, suscitando un vástago de David. El pueblo de Israel atraviesa un mal momento y el profeta les consuela con las promesas de Dios. Esperar un vástago de David era como decir que vendrían tiempos mejores, en los que el pueblo podría vivir en paz y en prosperidad.

El texto del Evangelio presenta unos signos catastróficos para anunciar la venida del Hijo de Hombre, signos que el lector contemporáneo del Evangelio identifica con la destrucción de Jerusalén. Pues bien, cuando veáis suceder eso, "levantaos, alzad vuestra cabeza, se acerca vuestra liberación". Cristo viene a liberarnos de los males que nos afligen, viene a salvarnos, a sacarnos de las situaciones a las que nos ha llevado nuestro propio pecado y de las que no podemos salir por nosotros mismos. Eso es motivo de esperanza.

Y la esperanza es, además, ilusión. Quien confía en la venida de Dios, en el nuevo tiempo que Él inaugura, colabora ilusionado con su proyecto, trata de transformar su vida y la vida de los demás, porque esa ansia del Reino quiere realizarla ya y ahora.

Otra disposición de la que nos habla el texto del Evangelio, muy propia de este tiempo, es la vigilancia. Ante la venida de Hijo del Hombre, el evangelio dice: "Estad siempre despiertos... no se os embote la cabeza...". Esta actitud es una llamada de atención no para vivir intranquilos, con ansiedad, como quien está solo en su casa y no se atreve a ir al servicio por si llaman a la puerta (por poner un ejemplo), sino que es una invitación a estar conscientes de lo que hacemos, de lo que queremos, de lo que somos; a vivir responsablemente; a estar dispuestos a recibir a Dios en cualquier circunstancia de nuestra vida, pues él está esperando cualquier momento para entrar en nuestra vida y ocupar el centro. La vigilancia es una actitud de vivir el tiempo como si fuese el último que el Señor nos concede, sin agobiarse, para disfrutarlo al máximo, para amar sin condiciones, para vivir intensamente…

Estas actitudes: el amor, la esperanza y el estar despiertos, son actitudes que se expresan en obras, sino corren el riesgo de desaparecer. Recordemos que la oración colecta decía: "Salir al encuentro de Cristo acompañados por las buenas obras". Cristo viene a nuestro encuentro, pero sólo nos encontraremos con él en la medida en que nosotros salgamos a buscarlo.

Pues bien, el mensaje central de este I Domingo de Adviento, Adviento del año 2009, sería: Vigilar, estar despiertos, para que el día del Señor no nos coja desprevenidos, desatendidos de nuestras obligaciones, despreocupados de nuestras responsabilidades. Vigilar para que el vicio, la preocupación por el dinero no nos embote la mente y dejemos pasar la vida, nuestra vida sin haber hecho algo por los demás, algo por cambiar este mundo a mejor.

Y en nuestra comunidad, en nuestro pueblo, nos tenemos que preguntar si el Evangelio de este domingo no está denunciando precisamente un mal que todos sufrimos: el desinterés creciente por todo lo que es común y social, el individualismo de nuestras actitudes, la desesperanza de todos, la impotencia ante las actitudes desordenadas de nuestros hijos, la falta de educación generalizada... quizás es cierto que, como dice el Evangelio, nosotros también tenemos la mente embotada por el afán de dinero y no sabemos ya ni darnos cuenta de los problemas que nos afligen.

Por ejemplo, uno de los mayores problemas que tiene nuestra sociedad es la educación de nuestros hijos, y sin embargo hay en general una apatía generalizada por el mismo, se habla mucho de ello, pero nadie está dispuesto a mover un dedo para solucionarlo.

Todos estos problemas requieren de nosotros una conversión, una conversión personal que pasa por responsabilizarnos de lo público y de lo comunitario, un aprecio por las iniciativas que surjan en nuestro pueblo en orden a ofrecer espacios de encuentro, compromiso de cada uno y en la medida de sus posibilidades por apoyar esas iniciativas... Si algo tiene que aportar la esperanza cristiana es precisamente ánimo para levantarse ante las dificultades, valor para emprender una nueva acción, fuerza para librar la batalla de la desidia y la apatía.

El Adviento nos quiere recordar que vivimos entre las dos venidas del Señor Jesús. La primera se dio hace 2.009 años, la segunda nadie sabe el día ni la hora, pero contamos con la promesa cierta de su venida. Y sabemos también que esa segunda venida va a suponer juicio y liberación, juicio porque el Señor separará a los buenos de los malos, y liberación porque el Señor librará a sus hijos de la muerte y de todas sus consecuencias, dándoles como herencia el nuevo cielo y la nueva tierra. Y si este es el futuro que nos aguarda ¿no convendría que lo fuésemos preparando ya?, ¿vivimos realmente esperando el encuentro con el Señor o vivimos más bien esperando el encuentro con un buen fajo de dinero? ¿vivimos realmente como aquel que sabe que los bienes de este mundo son pasajeros o vivimos más bien apegados y absorbidos por ellos? ¿en qué esperamos? ¿qué me mueve en la vida para actuar?... Son preguntas que nos tenemos que hacer en este tiempo porque el Adviento es precisamente eso, un tiempo de cambio, una oportunidad más que se nos da para enderezar lo que está torcido, para retomar con responsabilidad nuestra vida cristiana, para dirigir nuestra mirada hacia el Señor, para orar y pedir su ayuda porque sin El nuestra vida se pierde y se diluye en la oscuridad.

Que el Señor nos ayude a aprovechar el tiempo, a vivir responsablemente, a comprometernos con las necesidades de nuestro mundo, a no esperar pasivamente la salvación, sino a esperarla vigilantes, de pie, soñando con el día en que nos presentaremos ante el Hijo del Hombre, Jesucristo, el Señor.

Que así sea.

 

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